Lucia:“La madre mexicana del primero de mayo”

 

 

La humanidad tiende a olvidar. Pero hay recuerdos que se resisten y se niegan a la ignominia de ser aventados al baúl de lo que “no sucedió”. “Memorias débiles” les llaman algunos estudiosos.

Memoria de las y los vencidos, le dicen otros.

Esta memoria es peligrosa. ¿Por qué? Porque es subversiva. Irrumpe de manera violenta en el pasado y reclama justicia. Pero además, nos recuerda a quienes levantaron la voz y el puño, a quienes no cedieron. Aquellos y aquellas que plantaron cara a la injusticia, y que, aún vencidos, su recuerdo sirve de ejemplo e incita a lucha.

Curioso. Dentro de las memorias débiles, hay unas más débiles que otras. Unas más vencidas que otras. De estas memorias es Lucia.

 

– Tú has oído hablar de Lucia Parsons

– No – responde el interlocutor del octogenario, mientras niega también con la cabeza para reafirmar su ignorancia.

– Claro que no. ¿De qué chingados han oído hablar ustedes? Les han negado hasta eso. Recordar es un crimen; su castigo el olvido.

– El apellido me suena. Así se apellidaba uno de los “mártires de Chicago” ¿no?

 

El viejo respira. Desvía la mirada al vacío. –Su esposo. Albert Parsons– Una pequeña pausa y la voz del anciano vuelve al ataque:

 

– Mujer en un mundo de hombres. Mulata en un mundo de racistas. Anarquista en un mundo de capitalistas. Mexicana en un mundo de xenofobia. Libre en un mundo de esclavos. Lucy era todo lo que no debía ser. Brillante, decidida, honesta, pulcra, combativa, implacable. Una de las hijas predilectas del proletariado revolucionario. “Más peligrosa que mil insurrectos”, decía un reporte del Departamento de Policía de Chicago.

 

Lucia Eldine González, Lucy, nació algún día de algún mes de 1853, en Johnson County, Texas, cinco años después de que le fuera arrebatado a México la mitad de su territorio. Hija de una mexicana negra de nombre María del Carmen Gather y de un mestizo de la nación indígena Masoka (o Creek) llamado John Waller. A los tres años quedó huérfana. Se mudó al rancho algodonero de su tío materno Oliver Gathing y ahí se convirtió en esclava.

 

Ella siempre se presentó como mexicana. En 1870 conoció a Albert. Un par de años después se casaron. El matrimonio entre un estadounidense y una mexicana era ilegal en esos años en el estado de Texas. Los obligaron a abandonar el estado. Así llegaron a Chicago, huyendo del racismo y la xenofobia. De ahora en adelante será conocida como Lucia González de Parsons, o Lucy Parsons

 

En ese entonces Chicago era una clásica ciudad obrera en crecimiento, un polo de atracción de migrantes de todo el orbe, que arribaban con la esperanza de encontrar una vida mejor. No había tal. La condiciones explotación eran inhumanas. La fricciones y conflictos entre las y los obreros y el empresariado eran constantes. Pronto surgieron organizaciones socialistas y anarquistas. La burguesía respondió a ellas con virulencia: “Todos los postes de luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un socialista, si es necesario, para evitar que se propague el incendio y para prevenir cualquier intento subversivo”, rezaba un artículo en el “Chicago Tribune” del 23 de noviembre de 1875.

 

A ese Chicago llegó el matrimonio Parsons. Lucy abrió una pequeña tienda de ropa, mientras Albert se dedicaba a la labor de impresión. Pronto la conciencia de Lucy se desató. Comenzó a escribir para el periódico “The Socialist”, textos sobre los sin techo, los desocupados, los veteranos de guerra y la función de las mujeres en las organizaciones revolucionarias. Ayudó a fundar la Unión de Mujeres Trabajadoras de Chicago. Su pericia política se hace evidente, se vuelve un referente de la lucha obrera. Los Caballeros del Trabajo, que hasta entonces se negaban a militar con mujeres, reconocen a la Unión y la destreza de Lucy. En 1883 funda, junto con Albert y otros colaboradores, el periódico “The Alarm”, el cual fungió como órgano de difusión de la Internacional Working People Asociation (IWPA).

 

En abril de 1886 publica un texto en “The Alarm” donde explica que la población negra es víctima de la discriminación sólo por ser pobres. Con voz de pitonisa augura que el racismo desaparecerá con la destrucción del capitalismo. Su producción de textos es notable. Sin embargo, el grueso de su tiempo lo dedica a construir una organización con las trabajadoras de la industria de la costura y el vestido.

 

En ese momento estalla la Huelga General en Chicago. Es un primero de mayo y miles de trabajadores y trabajadoras salen a las calles de la ciudad. La consiga: “Ocho horas para trabajar. Ocho horas para descansar. Ocho horas para el hogar”. Lucy cruza junto con el contingente obrero el Río Font y las calles de la ciudad coreando la consigna.

 

Los industriales ven alarmados la marea humana que los desafía. Los abruma la combativa actitud de proletariado insurrecto. No lo dudan. Deben actuar rápido. Deben dar un castigo ejemplificador. Ordenan a la policía que reprima y violente al movimiento. La policía obedece. Los muertos se hacen presentes, todos, por su puesto son trabajadores. El movimiento responde a las agresiones convocando a un mitin. Todo transcurre en calma. Al final del evento una bomba estalla y mata al oficial de policía Degan.

 

Las buenas conciencias del Chicago pierden la cabeza. Claman venganza. “El plomo es el mejor alimento para los hueguistas”, sentencia una editorial del “Chicago Tribune”. Nadie busca a los verdaderos responsables. Se detiene y se giran órdenes de aprensión contra las figuras más visibles del movimiento. Entre ellos se encuentra Albert Parsons, quien ni siquiera se encontraba en el evento durante el estallido de la bomba. Parsons se entrega de manera voluntaria a las autoridades y declara: “nuestras honorabilidades, he venido para que se me procese junto a todos mis inocentes compañeros”.

 

El juicio se desarrolla como una de las peores y más mal logradas farsas de la historia. El 9 de octubre de 1886 se dicta la sentencia. La horca. “No, yo no los creo culpables de ningún delito a esta gente, pero se les debe ahorcar, por lo que yo considero que debe ser aplastado que es el movimiento obrero”, dice un comerciante de Chicago que presencia impasible la sentencia del Tribunal.

 

Lucia está en la sala. Escucha la sentencia. Se mantiene firme. De pronto, aprieta el puño contra su moreno y femenino rostro. Se niega a derramar una lagrima frente a los verdugos y traidores. “La mulata que no llora”, dirá José Martí al recordarla en su crónica. En el último intento por hacer consiente a la muchedumbre que espera afuera del tribunal, Lucy agarra los cordones de una sobria cortina aledaña, los amarra en forma de un nudo de horca y los lanza por la ventana para comunicar el funesto veredicto. En ese instante un reportero sale de la sala. “¿Cuál es el veredicto?” —pregunta excitada la concurrencia— ¡Culpables!— responde el reportero. Hurras y vítores se desbordan de las gargantas, inundan la calle y llegan hasta la sala donde los sentenciados son puestos a disposición de la policía para que los regrese a sus celdas a esperar el fatídico día.

 

Años después Lucia recordaba la mañana en que llevó a sus dos hijos para darle el último adiós a Albert. “La cárcel estaba acordonada por fuera con cables pesados. Los policías con sus pistolas caminaban por el recinto. Les pedí que por lo menos dejaran a los niños dar a su padre el adiós, déjelos recibir su bendición. No pueden hacer ningún daño. Pero la policía los detuvo. Nos quedamos encerrados en la estación de policía, mientras que el infernal delito se consumaba.”

 

Tras la muerte de Albert, Lucia González de Parsons se dedicó a recorrer el país organizando a las y los trabajadores. Escribió decenas de artículos para periódicos obreros. Sus discursos en las calles, las plazas y otros espacios públicos, incendiaban los corazones del auditorio y provocaban la intervención constante de la policía. Desde entonces fue reconocida como “La viuda mexicana de los Mártires de Chicago.”

 

En 1890 organizó y participó en las movilizaciones que rememoraron, por primera vez, el primero de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores. Un par de años después edita “Libertad”. Desde éste, y otros periódicos obreros desarrolla su crítica al “feminismo clase mediero” de Emma Goldman. “La liberación de las mujeres debe venir de la mano de una liberación de la clase obrera de la explotación capitalista mediante una revolución social”, habría escrito Lucy.

 

El 27 de junio de 1905, Lucia González, participa en el Congreso Fundacional de la Industrial Workers of the World (IWW). Sólo hay 12 mujeres en el Congreso y de estas sólo Lucy habla: “He tomado la palabra porque ninguna otra mujer ha respondido, y siento que no estoy fuera de lugar para decir a mi manera algunas pocas palabras sobre este movimiento. Nosotras, las mujeres de este país, no tenemos ningún voto, ni aunque deseáramos utilizarlo, y la única manera en que podemos estar representadas es tomar a un hombre para representarnos. Ustedes los hombres han hecho de él tal lío en la representación de nosotras que no tenemos mucha confianza en preguntarles; y yo me sentiría rara al pedirle a un hombre que me represente. No tenemos ningún voto, sólo nuestro trabajo… Somos las esclavas de los esclavos. Nos explotan más despiadadamente que a los hombres”. El congreso enmudece de vergüenza. Al finalizar su participación sentencia con sibilina voz: “No hay poder humano que pueda detener a los hombres y mujeres que están decididos a ser libres a toda costa. No hay poder sobre la tierra tan grande como el poder del intelecto. Se mueve el mundo y se mueve la tierra”. El congreso se deshace en aplausos y clamores.

 

Su pericia política se vuelve cada año más excelsa. Su capacidad para leer el momento, su sensibilidad para entender la coyuntura, la hace ir siempre un paso (de giganta) adelante de todas y todos los demás. “La jornada de ocho horas es tan anticuada como las uniones mismas. Hoy debemos agitar por una jornada laboral de cinco horas”, decreta Lucia.

 

En 1913, con 60 años de edad, es arrestada en Los Ángeles, California, debido a uno de sus incendiarios discursos. La noticia corre como polvorín entre las obreras y obreros de la ciudad y del país. La solidaridad no se hace esperar. La movilización obrera presiona y la policía cede. Lucia es libera horas después.

 

En 1927 se integra al Comité Nacional de Defensa del Trabajo, organización que tenía como objetivo defender la libertad de organización y reclamar justicia por las y los trabajadores afroamericanos que habían sido acusados de crímenes que no habían cometido.

 

En 1939, alarmada por el ascenso del fascismo en Europa, se afilia al Partido Comunista, convencida de que es la única fuerza política capaz de hacerle frente a esta amenaza.

 

El 7 de marzo de 1942, con 89 años de edad, ciega, Lucia González de Parsons, “la mulata que no llora”, “la viuda mexicana del primero de mayo”, muere al incendiarse su casa. Tan peligrosa es, que incluso muerta, la policía la considera una amenaza e incauta su biblioteca con más de 1500 ejemplares y otro tanto de escritos personales.

 

Sólo un mural en las instalaciones del Frente Autentico del Trabajo, en la Ciudad de México, sirve de recuerdo para la representante mexicana más digna del histórico primero de mayo. Su memoria es débil entre las débiles. Pero su recuerdo y su ejemplo se niegan a abandonar la escena. Se aparecen, cual espectro, aquí y allá.

 

 

El viejo activista calla, revuelve unas hojas, mira a su interlocutor y asesta:

 

– La historia tiene una deuda. Una deuda con esas mujeres a las que ha querido olvidar, a las que ha condenado al baldón de la desmemoria. Es momento de empezar a saldarla.        

 

 

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