La ilusión de la partidocracia burguesa: Las alternativas de lo mismo

En estos días arrancó el show mediático al que nos tienen acostumbrados cada cierto tiempo: las elecciones. Aunque es un secreto a voces que, en el fondo, todos los partidos con sus candidatos son lo mismo, no basta con decir que lo son, hay que señalar lo que nos lleva a esa conclusión. La democracia representativa es aquella en la que el pueblo, supuesto titular del poder político, elige a sus representantes para su integración en las distintas instituciones que ejercen funciones de mando.  La participación del pueblo en la política sigue estando limitada a los periodos de tres o seis años. En esos días, el ciudadano emite su voto y luego se va a su casa desentendido de las decisiones que se tomarán a partir de su sufragio y regresando al lugar que le pertenece en el aparato productivo. Si a eso le añadimos que, en la mayoría de las elecciones, no participa alrededor del 50% de los ciudadanos en el padrón, tenemos que las famosas elecciones distan mucho de ser lo que nos han vendido. Si atendemos estrictamente al significado de ambos conceptos, “democracia” y “representativa”, siendo la “democracia” una forma de organización en la que el poder reside en la totalidad de sus miembros, y “representativa” la capacidad de representar que tienen las instituciones y sus cargos públicos, podemos concluir que la propia fórmula democrática ha dejado de tener validez, ya que el poder real recae sobre grupos de poder e individuos que no han sido elegidos para ello, y que por tanto no representan al pueblo.

Un partido político debería representar los intereses de un grupo social determinado, el cual asume su pertenencia bajo una base ideológica. El partido político se convierte en un instrumento de lucha que le permite a este grupo alcanzar sus objetivos de clase. Sin embargo, en México, lo que se observa es un solo grupo que antepone y propone sus intereses a través de diferentes discursos. Por lo tanto, no tenemos un sistema de partidos, sino un sistema de franquicias electoreras que convierten las elecciones en un show de dimes y diretes que terminan definiéndose como los certámenes de belleza de las preparatorias: el concurso de popularidad o la compra – venta de votos. La gente no vota por quien lo representa sino por quien le da una gorra, una camiseta, un saco de cemento o una tarjeta de soriana. Nuevamente nos encontramos con que, los mal llamados partidos, ni forman una democracia, ni son representativos. Analicemos las ofertas de estos Mc Donald’s electorales.

En el nuevo PRI, nos traen como oferta a un dinosaurio nada nuevo: Chon Orihuela. Un representante digno de los trabajadores, siempre y cuando lo trabajadores puedan pagarse un Porsche. Eso sin mencionar que es un político del PRI a la vieja usanza, ex líder de los transportistas y acostumbrado al servilismo presidencial. Dentro del PRI pertenece al grupo de Gamboa, amigo de pederastas y de banqueros.

En el PAN, nos ofrecen seis años más de calderonato vía Cocoa Calderón. No basta con la violencia producida por el PRI federal, habría que conjuntar el binomio de los dos últimos sexenios en un solo estado. A eso hay que sumar la precarización laboral que impulso Calderón al final de su sexenio eliminando las conquistas logradas por los trabajadores.

El PRD nos ofrece a Silvano. El cual ya se reunió con los empresarios del Estado en noviembre para amarrar la candidatura y hacer promesas que se cumplirán por encima de las del pueblo. El PRD, aunque se dice de izquierda, es un partido que no duda en reprimir las luchas populares. Eso ha quedado claro con Mancera en el DF o con el mismo Godoy contra el magisterio en Michoacán.

MORENA se presenta como la alternativa que no lo es. Ofrece una candidata gris, nombrada por medio de un dedazo dado por el mismo AMLO. La mayoría de sus “militantes” no tienen idea de cómo llegó ahí. Sin embargo, más allá de que MORENA nombre a sus candidatos en la misma forma que los demás partidos, habría que voltear hacía el caso Ayotzinapa, es en ese escenario donde un tal Lázaro Mazón, precandidato al gobierno de Guerrero, fue presidente municipal de Iguala y luego impulsó a quien aún sigue reconociendo como su amigo: José Luis Abarca. Cuando Abarca se vio involucrado en la desaparición de los normalistas, el suplente nombrado para cubrir la presidencia municipal de Iguala fue un hermano de Lázaro Mazón. Arturo Martínez Núñez es el secretario de cultura en Guerrero, parte de la comitiva del ex gobernador Aguirre, también implicado en el caso Ayotzinapa. Su madre, María de la Luz Núñez, es la candidata de Morena a gobernadora de Michoacán, a pesar de que su carrera política la hizo en Guerrero, apenas tuvo una regiduría en Zitacuaro, a la cual llego, escondiéndose tras su probable participación en la masacre de Aguas Blancas.

En definitiva, podemos decir que el régimen “democrático” actual, el régimen representativo burgués, no es más que un mecanismo implantado en los países capitalistas para que nada cambie y para que nada amenace el poder y los privilegios de las clases dominantes. Es más, si el sistema fuese realmente democrático, las clases dominantes no deberían existir como tal, puesto que la democracia implicaría que el poder recayera en los representantes elegidos por el pueblo, pero no es así.

La casta política que sustenta el modelo representativo burgués no puede permitir su final ya que eso supondría que podría verse arrastrada con éste. No va a permitir una transformación del modelo tan profunda que acabe con el partidismo y con el paternalismo, que empodere a los ciudadanos, que haga sirvientes a los representantes políticos y no mandatarios, que refuerce la autoestima de los ciudadanos y que ponga fin a la avaricia y el ego de los gobernantes; que despoje de su poder político a los mercados y lo ponga en manos de los trabajadores.

El capitalismo sólo se sostiene si su modelo “democrático” representativo burgués sigue en pie, por lo que acabar con éste modelo y poner en marcha un sistema democrático en el que el pueblo, y no las oligarquías, tenga el poder en sus manos, y especialmente los trabajadores y las clases populares, pondría en marcha el mecanismo de demolición del mismo capitalismo.

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